LA OBRA DEL ESPÍRITU SANTO EN LA SANTIFICACIÓN DEL CREYENTE I

© Carlos Padilla – Agosto 2019

Hoy les hablaré de un Amigo especial que todos conocemos, o deberíamos conocer. Pero en realidad de lo que quiero hablarles es de una labor que desempeña en la nuestras vidas con una dedicación, cariño, responsabilidad y perseverancia que ninguna otra persona es capaz de realizar, y además lo hace con cada uno de nosotros, aquí presentes, y con otros millones de creyentes en el mundo al mismo tiempo, y no solo ahora, sino en el curso de la historia pasada y futura hasta que venga el día del Señor y regrese Jesucristo.

Algunos ya habrán advertido o intuirán de quien estoy hablando. Hay solo tres personas de las que podemos hablar con estas cualidades: el Padre, el Hijo, y el Espíritu Santo. Hoy hablaremos de la obra del Espíritu Santo en la santificación del creyente. Para ello iremos a la carta del apóstol Pablo a los Romanos en el capítulo 8. La razón de ir a este Texto es simple: nos aporta tres temas cruciales a la hora de poder entender nuestra relación personal con el Espíritu Santo, para lo cual, el primer tema trata de andar conforme al Espíritu. El segundo tema trata de saber si tenemos al Espíritu. Solamente después de responder a estas dos cuestiones podremos entrar a ver cómo es la obra del Espíritu Santo en nuestra santificación, qué debemos hacer nosotros como creyentes, lo cual nos servirá para entender nuestra relación personal actual con el Espíritu Santo, y compararla con el tipo de relación que deberíamos estar disfrutando con Él.

Queridos amigos, les puedo asegurar que tras haber estudiado la obra del Espíritu Santo en la santificación del creyente, sus vidas darán un vuelco a favor de la gracia de Dios, como lo ha hecho en la mía. Este estudio lo he realizado tras hacer uno previo que me cambió mi vida para siempre sobre el amor en las cartas del apóstol Juan, las cuales emanan la fuente del amor de Dios por nosotros, y de nosotros a Dios y al prójimo por habitar en nosotros el Espíritu Santo.                                                                                                                

Andando Conforme al Espíritu – Romanos 8:1-13

“Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu. Porque la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús me ha librado de la ley del pecado y de la muerte. Porque lo que era imposible para la ley, por cuanto era débil por la carne, Dios, enviando a su Hijo en semejanza de carne de pecado y a causa del pecado, condenó al pecado en la carne; para que la justicia de la ley se cumpliese en nosotros, que no andamos conforme a la carne, sino conforme al Espíritu. Porque los que son de la carne piensan en las cosas de la carne; pero los que son del Espíritu, en las cosas del Espíritu. Porque el ocuparse de la carne es muerte, pero el ocuparse del Espíritu es vida y paz. Por cuanto los designios de la carne son enemistad contra Dios; porque no se sujetan a la ley de Dios, ni tampoco pueden; y los que viven según la carne no pueden agradar a Dios. Mas vosotros no vivís según la carne, sino según el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios mora en vosotros. Y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de él. 10 Pero si Cristo está en vosotros, el cuerpo en verdad está muerto a causa del pecado, mas el espíritu vive a causa de la justicia. 11 Y si el Espíritu de aquel que levantó de los muertos a Jesús mora en vosotros, el que levantó de los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que mora en vosotros. 12 Así que, hermanos, deudores somos, no a la carne, para que vivamos conforme a la carne; 13 porque si vivís conforme a la carne, moriréis; más si por el Espíritu hacéis morir las obras de la carne, viviréis[1].

Si andamos en el Espíritu, y pensamos en las cosas del Espíritu, viviremos espiritualmente.

Cuando mi padre dejó su ciudad natal donde vivía con mi madre y la familia, yo acababa de nacer. Desde una provincia a la otra, en 1968 era un cambio sustancial de vida, y las carreteras no eran las de hoy, por lo que los escasos 70 Km se hacían muy largos para ir y volver casa fin de semana tras el trabajo. Dejarlo todo allí fue motivado por una oferta de trabajo de una constructora norte americana que había comprado unas casas en una urbanización, que estaban sin terminar, pero la calidad de lo, hasta entonces construido, no era lo que esperaban. Necesitaban un experto supervisor de proyectos y arquitecto que pudiera hacer un informe y llevar a cabo el control de la construcción. Tras leer su informe le pidieron si podía incorporarse al día siguiente. Aquel viaje fue el inicio de un cambio de vida para toda mi familia hasta hoy.

Pablo ha expuesto en su carta a los Romanos los defectos de construcción que tienen nuestras vidas hechas por nosotros mismos, y cómo necesitamos un supervisor que nos haga un informe y nos diga dónde estamos fallando, y además nos guié a vivir una vida santa y completa de calidad. La vida cristiana no se puede vivir sin el Espíritu de Dios y todos nuestros esfuerzos son inútiles, si no contamos con la gracia del Espíritu. Algo parecido a tratar de salvarnos por nuestros esfuerzos y obras. Todo lo que hacemos por nuestros propios esfuerzos dependen de nuestra carne, y como Pablo dice en (7:18) “Y yo sé que en mí, esto es, en mi carne, no mora el bien; porque el querer el bien está en mí, pero no el hacerlo.” Por otra parte cabe señalar que la vida cristiana también depende del conocimiento de la Escritura y de la correcta teología, que como los planos del arquitecto harán que la construcción tenga un diseño agradable, una solidez duradera y unas calidades necesarias y garantizadas. Las iglesias no siempre cuentan con buenos supervisores de las vidas de los cristianos que a veces están mal construidas o tienen carencias que hace falta reparar. El Espíritu Santo es el que termina de construir la vida del creyente, pero hacen falta unos cimientos sólidos y un plan del Arquitecto celestial. Nosotros no podemos construirnos ni diseñarnos bien, y menos supervisarnos; nuestros esfuerzos son inútiles. La salvación es por gracia, pero la santificación también. (8:1) nos informa que tenemos los cimientos sólidos de la salvación: “Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu.” Con este informe del Supervisor sabemos que si construimos nuestras vidas según los planos del Arquitecto, la casa quedará perfecta, pero la buena noticia es que el Arquitecto tiene un Aparejador supervisor que es el Espíritu Santo que nos guiará en toda la construcción para que nuestra vida sea glorificada.

(8:1-4) empieza con un adverbio relevante “Ahora, pues” continua “ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús” lo cual es la noticia de todo lo que ha estado explicando en capítulos anteriores sobre la situación de la carne y nuestra incapacidad para santificarnos, lo que refleja la lucha de Pablo por la santidad suya y de la Iglesia, “¿quién me librará de este cuerpo de muerte?” (7:24) pero ahora anuncia la gracia de Dios en que por la habitación del Espíritu nos santifica. Esta sección da tres verdades: Primero: la seguridad eterna de nuestra salvación, porque Dios dice aquí que hoy y en el juicio nuestra justificación nos la ha dado y no la quitará (8:1). Segundo: ya no somos esclavos del pecado en nuestro interior, hoy y hasta que venga Cristo. El Espíritu de vida nos ha hecho libres (8:2). Tercero: somos justos hoy y ante el juicio por obra del Hijo, no de la Ley (8:3-4).

(8:5-8) nos lleva a ver la diferencia entre la “carne” y el “espíritu” (gr. pneuma) en términos como “Andar conforme a la carne” v. 4 se refiere a seguir los deseos de la naturaleza humana[2], o “Ser de la carne” v. 5 es permitirle dominarlos, o “Vivir según la carne” v. 8 no ser regenerado por el Espíritu; con énfasis en lo grave de vivir así si uno ha sido regenerado permitiéndolo; esta es la cuestión. ¿En qué pensamos, y qué nos interesa? Son las preguntas, cuyas respuestas nos dicen dónde estamos en el Espíritu. Según respondamos podremos entender la relación entre la habitación del Espíritu en nosotros y Su unción en nosotros, según comenta Ryrie[3].

Pero en (8:9-13) Pablo les está haciendo ver que ellos no viven según la carne, sino según el Espíritu, y les asegura que si entre ellos, alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de Él. Mas, es un contraste que para diferenciar una vida de la otra, y “si” podría ser un condicionante “ya que” porque Pablo asume que están en el Espíritu quien vive dentro de ellos, es decir, Dios vive en nosotros (Ef. 3:16, 17). Es de esta conclusión que Pablo en el v. 13 habla de que la vida santa ha de ser vivida por nosotros.

Las conclusiones, aplicadas a nuestras vidas con estas enseñanzas nos permiten ver cómo podemos caminar en el Espíritu, en esta primera sección de las tres: En Cristo el cuerpo ha muerto (éste “muerto” no es físico sino de índole espiritual con referencia a servir al pecado, a ser su esclavo) pues nuestro espíritu ahora vive por medio de la justicia (imputada de Cristo en nosotros por la fe –Juan 3:16) por lo tanto, sabemos que resucitaremos porque el mismo Espíritu que resucitó a Cristo, nos habita y resucitará a nosotros (1 Co. 15:22). Somos deudores al Espíritu, y es éste Espíritu que hace estas grandes cosas en nosotros el que ahora, y cada día, vive nuestra vida con nosotros haciéndonos andar en Él (2 Co. 5:7) porque estamos unidos a Cristo Jesús y porque nos ha librado de la ley del pecado y de la muerte (8:2). Al no tener ya ninguna condenación  (Mt.11:29; Gá. 2:19 y Ro. 5:21) podemos caminar en paz junto a Cristo. La audiencia de Pablo, los cristianos romanos, recibía esta seguridad de parte de Pablo, si es que andaban en el Espíritu y pensaban en las cosas del Espíritu, lo mismo que se nos aplica a nosotros hoy. Si esto hacían ellos, y si esto hacemos nosotros, al venir a la oración íntima con el Espíritu ya no tenemos esas cargas y experimentamos que el Espíritu vive dentro de nosotros (1 Co. 3:16) por lo que Cristo habita en nosotros; solo así podemos emanar el amor de Cristo en la iglesia. Ahora tenemos la mente espiritual (1 Co. 2:16) dice William MacDonald[4], que piensa en las cosas del Espíritu, y aparta la mente carnal que piensa en las cosas de la carne; tenemos la mente de Cristo que nos enseña todas las cosas.

Continuará con la segunda parte: ¿Tenemos al Espíritu?

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[1] La Santa Biblia, Reina y Valera revisión 1960. (Sociedades Bíblicas Unidas, 1993), Romanos 8.

[2] Thomas L. Constable. (Romanos, Edición 2000), 93.

[3] Charles C. Ryrie. Teología Básica. (Miami, FL: Editorial Unilit, 1993), 409.

[4] William MacDonald. Comentario Bíblico. Antiguo y Nuevo Testamento. (Barcelona, España. Clie, 2004), 770.