JOSÉ DE ARIMATEA

BAJANDO A CRISTO DE LA CRUZ Y PREPARANDO SU CUERPO PARA LA SEPULTURA – LA SÁBANA SANTA – EL SANTO SEPULCRO

 © Carlos Padilla – Marzo – Abril – Semana Santa – Pascua  2024

José de Arimatea, cuidad de Judea, varón bueno y justo, discípulo de Jesús, aunque secretamente por temor de los judíos y miembro noble del concilio, que no estaba de acuerdo con la sentencia de ellos contra Jesús, llegado el momento hizo su fe pública y fue ante Pilato y entró osadamente a pedirle el cuerpo de Jesús. Pilato mandó que se lo dieran después de asegurarse de que había muerto. José quitó el Cuerpo de la cruz y lo envolvió en una sábana limpia que había comprado, y lo puso en un sepulcro nuevo, labrado en la peña, e hizo rodar una gran piedra en la puerta del sepulcro. Esto ocurrió llegada la noche, y porque era la preparación, la víspera del día de reposo. También Nicodemo, el que antes había visitado a Jesús de noche (Juan 3:3 sobre nacer de nuevo) vino trayendo un compuesto de mirra y de áloes, como cien libras. Tomaron el cuerpo de Jesús y lo envolvieron en lienzos con especias aromáticas, según la costumbre de sepultar entre los judíos. En el lugar donde había sido crucificado, había un huerto, y en el huerto estaba su sepulcro nuevo (Mateo 27:60), que según nos dice “su” es en referencia a que era de José de Arimatea, en el cual aún no había sido puesto ninguno. Allí pusieron a Jesús porque era la preparación de la Pascua y porque estaba cerca (Mateo 27:57-61 – Marcos 15:42-47 – Lucas 23:50-56 – Juan 19:38-42). Pero ¿Cómo bajaron al Señor Jesús de la cruz y cómo lo llevaron al sepulcro, y qué implicaciones y simbolismo espiritual tiene?

 

BAJANDO A CRISTO DE LA CRUZ – EL DESCENSO DE LA CRUZ

El cuerpo ensangrentado del Señor había sido perforado por las espinas de la corona clavada en la frente. Su espalda estaba desgajada por los latigazos que destrozaron Su piel y Su carne, ya que los romanos ponían clavos y trozos de huesos en las puntas con ese fin. Sus manos y Sus pies fueron clavados en la cruz con grandes clavos de forma cuadrada, los usados por los romanos para crucificar. Su costado traspasado por la lanza del soldado para asegurarse de que había muerto, y evitar quebrarle las piernas, algo que cumplía la profecía de que ningún hueso suyo sería quebrado (Salmo 34:20) y les urgía terminar porque era la tarde de preparación para la Pascua de los judíos. No quedaba más sangre en el sagrado cuerpo de Jesús, había sido derramada para la expiación de nuestros pecados.

Al bajarle, aquella Sangre de Su santo cuerpo impregnaría las ropas y las manos de José de Arimatea, y de quienes le ayudaron, y también la piel de los que abrazarían el santo cuerpo con amor y delicadeza, como para no dañarlo al desclavarlo, para no desgarrar más las santas manos y pies de Jesús, ya muerto. Quitarían la corona de espinas de Su cabeza con sumo cuidado, y una vez bajado y envuelto en la sábana limpia, lo llevarían entre varios al sepulcro, donde Le aplicarían los ungüentos aromáticos, y pondrían el sudario, antes de recostarlo y dejarlo descansar yacente, en santa paz. Aquellos hombres fueron los más privilegiados cuidadores del santo cuerpo de Jesús.

Aquel santo Cuerpo de Cristo, fue molido por nuestros pecados, el mismo que llevó la cruz hasta el Calvario. Hoy, ese Cuerpo existe en dos formas vivas: una en gloria junto al Padre en el trono del Cielo, que volverá en Su Reino; y otra como la Iglesia, la esposa, el Cuerpo de Cristo que celebramos en la Santa Cena y que está compuesto por todos los que Le aman y han recibido como Señor y Salvador. Esa Iglesia, como Su cuerpo, ha sido, y es, perseguida, molida, echada a los leones, torturada por la Inquisición o por religiones enemigas de Dios, y hoy incluso por el laicismo de occidente que tanto se ha beneficiado de su caridad. Una frente perforada por la corona de espinas, la misma que albergaba la mente más maravillosa, la mente de Cristo, la que ha creado el universo con diseño inteligente. Unas manos atravesadas, las del Hijo del carpintero, las mismas que sanaron enfermos, que resucitaron muertos, que dieron de comer al hambriento y de beber al sediento, carpintero que ha construido un nuevo mundo eterno para los que Le esperan. Unos pies traspasados, los mismos que caminaron por Tierra Santa, los que llevaron el Evangelio al mundo, los que caminaron sobre las aguas.

A los pies de la cruz, todo esto que venimos contando, en base a los evangelios de la Biblia, fue visto por las mujeres, María, Su madre, María Magdalena, y las demás mujeres. Ellas, junto a los soldados, los verdugos, el propio José de Arimatea, Nicodemo, Juan, el discípulo amado de Jesús, y los que allí estaban al pie de la cruz, verían como al poco de morir Jesús, vendría José de Arimatea con una guardia y orden de bajar a Jesús de la cruz. La narración puede dar a entender que el mismo José bajó de la cruz a Jesús, pero José seguramente tendría ayuda de otros, incluso puede que fueran los soldados los que Le bajaran, o serían, el propio José y Nicodemo, aunque eran hombres mayores de cincuenta años, seguramente. Una vez bajado Cristo de la cuz y con la sábana, Su madre querría tenerlo con ella, lo que nos recuerda la representación de La Piedad de Miguel Ángel, aunque no se nos narra así en la Biblia, es de suponer, y si no fue allí, sería ya en el sepulcro. Es conocido que los judíos recogen toda la sangre que queda de sus muertos y la limpian para llevarla del lugar, como algo sagrado. ¡Cuánto más la sangre de Jesús derramada también la llevarían! Así pues, tras todo esto, y una vez envuelto, sería llevado al sepulcro.

 

LA SÁBANA SANTA O SUDARIO DE CRISTO

Se ha debatido a lo largo de los siglos, si el Santo Sudario de Turín, La Síndone, o Sábana Santa, la reliquia más famosa de la historia, puede en verdad ser la que cubrió el cuerpo de Jesús. Un investigador cristiano, no católico, sino evangélico, el Dr. Gary Habermas, junto al coautor Dr. Kenneth Stevenson, han escrito el libro “El Veredicto de la Sábana de Cristo” en el que aportan toda la información científica de los resultados de las pruebas. Lo que más llama la atención es la radiación que emitió la imagen del sudario al ser fotografiada por primera vez. El carbono 14 lo dató a mediados del Medievo, según un estudio publicado en la revista Archaeometry, donde se tomó una parte del Sudario que según hemos sabido eran remiendos hechos en el medievo, no de la parte original. Además, conocemos que el carbono 14 no es muy exacto, que tan solo una variación de concentración muy pequeña de la sustancia analizada puede cambiar mil años la datación. Pero la radiación producida por el cuerpo de Jesús al resucitar, sí podemos pensar que fue la imagen de Su cara y de Su cuerpo lo que quedó impreso, sería algo razonable si entendemos que no hay otro caso de un hombre que muriera exactamente crucificado como Jesús y que su cuerpo pueda emitir una radiación tan fuerte desde dentro hacia fuera. Las pruebas han demostrado que no fue pintado, y sí que hay restos de sangre en las zonas de las heridas. Las pinturas de Jesús de autores tempranos se parecen a la cara del Sudario, y son de los primeros siglos, ¿sería que el Sudario ya era conocido antes?

1 Corintios 15:6 nos relata cómo Pablo habla de más de 500 hermanos que vieron a Jesús vivo tras resucitar, son una evidencia mucho más poderosa que el Sudario, si es que alguien quiere tenerlo en cuenta como evidencia de la resurrección de Cristo. Quizá la ciencia pueda aportar datos más concluyentes, pero, de cualquier forma, el Sudario de Turín es un recordatorio de la muerte y resurrección de Cristo.

 

EL SANTO SEPULCRO Y LA RESURRECCIÓN

Una vez pusieron a Jesús en el sepulcro, las mujeres, vueltas, prepararon especias aromáticas y ungüentos; y descansaron el día de reposo, conforme al Mandamiento. El primer día de la semana, muy de mañana, vinieron al sepulcro trayendo las especias aromáticas que habían preparado, y algunas mujeres con ellas, y hallaron removida la piedra del sepulcro, y entrando no hallaron el cuerpo del Señor Jesús. Aconteció que estando ellas perplejas por esto, he aquí que se pararon junto a ellas dos varones con vestiduras resplandecientes. Entonces María Magdalena corrió a Simón Pedro y al otro discípulo, y les dijo que se habían llevado al Señor. Corrieron ambos, y al llegar vieron los lienzos puestos allí, y el sudario que estuvo sobre la cabeza de Jesús enrollado aparte. Todavía no habían entendido que era necesario que Él resucitase de los muertos. María Magdalena lloraba y miró dentro del sepulcro, vio a los dos ángeles, y vio a Jesús sin saber que era Él. Jesús le dijo: Mujer ¿por qué lloras? Entonces ella reaccionó y dijo al Señor ¡Raboni! Maestro. No me toques, porque aún no he subido al Padre.

Un sepulcro nuevo de un rico para el Hijo de Dios se corresponde con la profecía de Isaías 53, donde nos dice que, aunque se había dispuesto Su sepultura con los impíos, fue con los ricos en Su muerte. Nunca hizo maldad, ni hubo engaño en Su boca.

El Santo Sepulcro ha sido un lugar de veneración desde el principio, motivo por el que Adriano mandó edificar encima. Pero Constantino demolió y mandó edificar la Iglesia del Santo Sepulcro. Hoy, el proyecto de arqueología conocido como “Custodia Terrae Sanctae” en el lugar catalogado como Tumba de José de Arimatea, ha encontrado más tumbas excavadas en la roca blanda. En las catacumbas de San Calixto, a las afueras de Roma, junto a la antigua Vía Apia, los sepulcros están excavados en la roca blanda, y hay muchos pisos de sepulcros, unos encima de otros. Uno ha de ser guiado para poder salir de allí. El mismo sistema de excavación en la roca blanda es similar al que había en los sepulcros un par de siglos antes, en Jerusalén. A las afueras, en cuevas excavadas en la roca en el asentamiento de Ketef Hinnom, en Jerusalén, también se observa la misma forma de enterramiento. El Santo Sepulcro quedó vacío y esperamos la segunda venida de Aquel que yació y resucitó en su interior.

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CONCLUSIÓN

Los médicos forenses que han estudiado la crucifixión que sufrió Jesús han concluido que nadie pudo sobrevivir a ella. A pesar de ello, aún quedan algunos ateos y otros rebeldes y enemigos de la verdad que pretenden que no murió, que desmayó, y otras falsedades contra la realidad para intentar negar Su muerte y resurrección porque va en contra de sus creencias. Pero muchos de ellos durante su intento de negar la evidencia y de intentar buscar explicación a lo imposible de la resurrección de la muerte, se convierten en fervientes cristianos, como le pasó al protagonista de la historia real, convertida en libro y en película “El Caso de Cristo”, la historia de un periodista ateo que quería probar que Jesús no murió y resucitó. Tras su investigación y estudiarlo a fondo, tras consultar todas las fuentes históricas, evidencias, y a todos los eruditos de todos los campos, históricos, científicos, textuales, cae rendido a los pies de Jesús ante la incontestable evidencia de datos que concluyen que, en efecto, Jesús murió realmente, y resucitó al tercer día.

La cruz del Calvario no retuvo mucho tiempo el santo cuerpo de Cristo y fue desclavado, bajado, cuidado y amado para sepultura. La cruz ha quedado en la historia como un símbolo de la victoria de Cristo sobre la muerte y sobre nuestros pecados. La sangre de Cristo derramada allí es la expiación, pero también la que santificó a los que Le bajaron de ella. El Santo Sepulcro nuevo que Le albergó, quedó vacío. Era nuevo, de un hombre rico, como preveía la profecía, el de José de Arimatea. La gran piedra fue removida sin que los soldados pudieran impedirlo, y de su interior, al tercer día, salió el dador de la vida. El Sepulcro no podía contener la vida del Hijo de Dios resucitado. El resplandor de la luz de la resurrección dejó una radiación que quedaría impresa en el Santo Sudario, sea o no el de Turín. Los ángeles custodiaban el lugar y hablaron a las santas mujeres. Ellas y los apóstoles vieron el lugar vacío y luego, a Jesús resucitado. Comieron con Él, escucharon Sus últimas enseñanzas e instrucciones, pudieron besarle y abrazarle. Le acompañaron camino de Betania, y algunos privilegiados vieron a Jesús ascender al cielo que Le cubrió con una nube de la vista de ellos en aquel monte. Los ángeles les dijeron que de la misma manera que Le habían visto ascender, Le veremos venir en Su Reino eterno. Le esperamos con gozo y fe mientras cumplimos con la Gran Comisión. Este es el gran gozo de la Semana Santa, desde la perspectiva del Domingo de Resurrección. Amén.