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LA EXPIACIÓN DE LA PASCUA
LA CRUZ POR LA GRACIA PARA SALVACIÓN
©
Carlos Padilla. Semana Santa 2016
Jesús entraba en Jerusalén ante
una multitud que le aclamaba: "¡Hosanna! ¡Bendito el que viene
en el nombre del Señor!" Marcos 11:9-11. Dios ya había anunciado
a sus profetas que el Mesías vendría montado en un pollino, hijo
de asna. Las gentes de Jerusalén que habían venido a celebrar la
Pascua echaban sus mantos y palmas, y ramas de árboles ante el
Hijo de Dios, el Rey de reyes, pero la mayoría de los allí
presentes, por no decir todos, no pensaban en la Cruz, ni en el
Calvario, ni en la Salvación para vida eterna, ni en la
expiación. Los residentes esperaban la liberación de la opresión
de las fuerzas ocupantes romanas, un rey justo y un líder
religioso santo.
Jesucristo entraba en Jerusalén
para cumplir con Su propósito de haber venido a este mundo a
morir por aquellos que serían salvos y escogidos para un nuevo
mundo, llamado Reino de Dios, un mundo eterno y justo, lleno de
felicidad y paz al que había venido a llamar a los pecadores
que se arrepentían.
La Salvación es el fruto, pero
para que fuese efectivo Cristo tenía que morir. Para morir,
Jesús debió dejar Su divinidad de cuerpo y hacerse carne. Dios
escogió a María y fue concebida por el poder del Espíritu Santo.
El niño Jesús era entonces verdadero hombre, pero también
verdadero Dios, pues Su padre era Dios. Él es el único hombre
que nunca ha pecado, por lo que era aquel Cordero de Dios que
podía ofrecerse, porque era sin mancha, perfecto.
La gracia de Dios
es todo aquello que Dios nos da sin merecerlo, lo cual incluye a
Jesucristo y su obra redentora, la fe para creer en esa obra, la
salvación al recibirla, la vida santa, la perseverancia en la
fe, las buenas obras por amor al prójimo y testimonio de nuestra
fe cristiana, las bendiciones que recibimos, la revelación de Su
Palabra, Su misericordia, Su amor, y formar parte, tras la
resurrección o el arrebatamiento, de Su reino. Parecería ser que
si todos estos conceptos son ofrecidos al hombre, que en efecto,
la salvación es por gracia de Dios, quien debe ser entonces
quien elije soberanamente a quienes han de ser salvos, sean
judíos o gentiles, para Su Iglesia, sin que el hombre pueda
hacer nada para recibirla. Estos conceptos ya
fueron desarrollados en la Confesión de
Fe de
Westminster, o en el Sínodo de Dordrecht, y en la Historia del
Concepto de la Gracia, ya que la Iglesia ha ido desarrollando
esta doctrina durante siglos, desde las bases bíblicas del
principio del cristianismo primitivo, así como tomando los
conceptos antiguo testamentarios que también reflejan que el
hombre no puede cumplir la Ley, y que por lo tanto debe buscar la
misericordia y la gracia de Dios.
El pecado del hombre
caído, se refiere al hombre tras el pecado de Adán, un pecado
que se convierte en estado, el cual pasa a toda la humanidad, y
por consiguiente, cuando nos referimos a él, nos referimos a
toda persona nacida en toda la historia de la humanidad, con la
excepción de Jesucristo. En el texto bíblico de Romanos,
capítulo tres, versículo nueve, se nos habla de que no hay
ningún justo, ni judío ni gentil, “…que todos están bajo
pecado.” Esta doctrina es conocida como “la total depravación
del género humano” en la Reforma. En Adán todos pecaron, pero la
profecía de la Biblia nos da esperanzas porque nos habla de otro
Adán, del llamado “postrer Adán” el cual es Cristo, según 1
Corintios 15:45, y por el cual se nos presentará una oportunidad
de salvación, la cual veremos más adelante.
El
hombre tiene una necesidad interior de buscar su origen y las
respuestas existenciales: ¿Quién soy? ¿Qué hago aquí? ¿De dónde
vengo? Y ¿a dónde voy? Esa necesidad interior nos la ha puesto
Dios mismo en nuestro interior, por lo tanto no hallaremos las
respuestas desde la filosofía, sino desde la teología, la cual
es la “reina de las ciencias”, un término que acuñó Aristóteles
[Alfonso
Ropero. Introducción a la Filosofía. Colección
Pensamiento Cristiano. (Terrasa, Barcelona, España. Editorial
Clie, 1999), 66.],
quien decía que cada ciencia deber tener el orden que
corresponde a la importancia del objeto que estudia, por ello el
estudio de Dios, el ser que está por encima de todo ser y cosa,
y el más difícil, es la primera ciencia.
La Biblia es clara al respecto de que el hombre no puede
justificarse ante Dios por medio de las obras de la Ley, la
moral más alta posible: “ya que por las obras de la Ley ningún
ser humano será justificado delante de Él; porque por medio de
la Ley es el conocimiento del pecado”, (Romanos 3:20). Es, pues,
en este punto, que el hombre comienza a buscar a Dios y está
preparado para recibir, por la fe, la gracia de Dios, quien le
ama y quiere que sea salvo del castigo eterno.
La expiación es el acto de
borrar, quitar el pecado, como dijo Juan el Bautista: "He aquí
el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo" Juan 1:29.
Jesucristo se convierte en el Sumo Sacerdote y en la propia
ofrenda. Su sangre es la única que tiene valor para pagar por el
pecado, pasado, presente y futuro, y pone fin al sacerdocio
Levítico que necesitaba continuamente de sacrificios, como
leemos en Hebreos 9:22 "...sin derramamiento de sangre no se
hace remisión" por lo que no tendríamos posibilidad de
salvación eterna, sin un Cordero eterno, con sangre eterna. La
propiciación aplaca la ira de Dios justo, quien en Su justicia
debía recibir el cumplimiento del castigo de Su Ley. Dios mismo
provee la forma de satisfacer Su justicia en Su propio Hijo
eterno. ¿Qué más podemos pedir de Dios? Solo nos queda recibir
Su regalo y aceptarlo como Señor y Salvador quien ha obtenido
tales atributos en la Cruz y en la Resurrección.
La salvación es por la
gracia, y solo puede ser recibida por otro don, la fe, “siendo
justificados gratuitamente por su gracia…; Por tanto, es por fe,
para que sea por gracia… Y si por gracia, ya no es por obras; de
otra manera la gracia ya no es gracia” (Ro. 3:24; 4:16; 11:6).
La gracia divina es, pues, un favor de Dios.
La fe es el instrumento
que Dios usa para que recibamos Su gracia, todo don divino que
nos quiere dar, pero en especial la salvación. La fe, pues, nos
permite creer, comprender y aceptar que Jesucristo ha obtenido
los méritos que nosotros no podemos obtener para justificarnos
ante Dios, ha ganado nuestra salvación en la cruz del Calvario.
La Cruz es donde la
gracia es obtenida por Jesucristo, donde Dios muestra hasta qué
punto nos ama y ha conseguido nuestra salvación por medio de la
redención en Su sangre. El Espíritu Santo cumple el propósito de
la obra en nosotros, pues nos convence de pecado, de justicia y
de juicio (Juan 16:8-15), como profetizó Jesús antes de ir a la
cruz. Las obras del hombre carnal son un intento infructuoso de
intentar justificarse, pero las obras del hombre espiritual,
nacido de nuevo, son para gloria de Dios y testimonio de la
gracia al prójimo. Así, pues, una vez hemos creído y recibido la
gracia de Dios para salvación, nuestra vida incluye una serie de
buenas obras, preparadas para nosotros de antemano, “…para que
anduviésemos en ellas.” (Efesios 2:10).
La
Confesión de Fe de Westminster, que podemos leer íntegramente en
la página web de la Iglesia Reformada, explica
que la gracia es inmerecida, irresistible y predestinada
por Dios. A continuación el capítulo dieciocho, dedicado a la
seguridad de la gracia y de la salvación, en sus puntos primero
y segundo:
I. Aunque los hipócritas y otros hombres no regenerados pueden vanamente
engañarse a sí mismos con esperanzas falsas y presunciones carnales de estar en
el favor de Dios y en estado de salvación; (1) cuya esperanza perecerá; (2) sin
embargo, los que creen verdaderamente en el Señor Jesús y le aman con
sinceridad, esforzándose por andar con toda buena conciencia delante de él,
pueden en esta vida, estar absolutamente seguros de que están en el estado de
gracia, (3) y pueden regocijarse en la esperanza de la gloria de Dios; y tal
esperanza nunca les hará avergonzarse.(4)
1. Job 8:13,14; Miqueas 3:11;
Deuteronomio 29:19; Juan 8:41.
2. Mateo 7:22,23.
3. 1 Juan 2:3; 5:13 y
3:14,18,19,21,24.
4. Romanos
5:2,5.
II. Esta seguridad no es una mera persuasión presuntuosa y probable, fundada en
una esperanza falible; (1) sino que es una seguridad infalible de fe basada en
la verdad divina de las promesas de salvación, (2) en la demostración interna de
aquellas gracias a las cuales se refieren las promesas, (3) en el testimonio del
Espíritu de adopción testificando a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios;
(4) este Espíritu es la garantía de nuestra herencia, y por EL cual somos
sellados hasta el día de la redención.(5)
1. Hebreos 6:11,19.
2. Hebreos 6:17,18.
3. 2 Pedro 1:4,5,10.11; 1 Juan 2:3;
3:14; 2 Corintios 1:12.
4. Romanos 8:15,16.
5.
Efesios 1:13,14; Efesios 4:30; 2 Corintios 1:21,22.
El hombre regenerado, nacido de nuevo
ante Dios, es
un hombre que ha recibido un don de
Dios, un don que le hace creer en la justicia y en la justificación que el
propio Dios ha provisto para nuestra salvación, y ese don no es otro que la fe.
Una vez el hombre cree en Dios, cree a Dios, y cree el Evangelio de Cristo, su
situación es totalmente la opuesta a la de su estado de hombre caído. Ahora, el
hombre justificado ha recibido la salvación y, aunque se sabe pecador, ya no
tiene que tener temor de vivir una vida sin sentido, sin Dios y sin la ayuda
divina en su vida. Ahora, el hombre justificado puede comenzar a caminar en
oración, consultando a su Padre, a través de Jesucristo, y por la unción del
Espíritu Santo, sobre su relación con Dios, con su prójimo, sobre su vida
social, familiar, laboral, y en definitiva sobre todas las fases y vivencias de
su vida aquí en la tierra, sabiéndose aceptado por Dios, por la justicia que su
Salvador Jesucristo ha obtenido para él de forma gratuita, por la gracia de Dios.
La
nueva vida en Cristo, bajo la guía del Espíritu Santo, lleva al hombre a vivir
sin tener que preocuparse de buscar la salvación ni de buscar la justificación
ante Dios, sabiéndose receptor de la bendición, la protección y la dirección de
Dios. La lista de efectos que produce al hombre saberse salvo podría calificarse
de interminable, porque no dejará de descubrir la mano de Dios en los asuntos de
su vida, sea para su propósito o para servir a Dios y al prójimo como iglesia.
El nuevo hombre, el que ha nacido de nuevo, ya no está sólo en el mundo, sabe de
donde viene, quien es, para qué está aquí, y a dónde va. Tiene una nueva familia
de hermanos en Cristo, llamada Iglesia, la cual ha sido ganada, igual que él,
por la Gracia de Dios, por medio de la sangre de Cristo en la cruz del Calvario.
Ahora, el hombre salvo se siente parte de la familia de Dios. También querrá
ahora, este hombre, procurará que sus seres queridos, como también los que no
conoce, conozcan a Jesucristo, tengan la misma gracia que él ha recibido, y es
en este punto cuando el nuevo cristiano querrá hacer todo lo que está en su mano
para bendecir a los demás. Pero, ahora tendrá que aprender a vivir con la
experiencia de ver como la mayoría de las personas a las que predica el mensaje
del Evangelio que a él ha transformado, rechazan el mensaje. La gracia de Dios
también le dará paciencia y esperanza para no tirar la toalla y orar por ellos,
conviviendo con paciencia y exponiendo el mensaje de la salvación cuando tenga
oportunidad, y sobre todo aprendiendo a exponerlo con conocimiento y sabiduría.
Esta situación, que al principio es desesperada, se convierte en una prueba de
fe que con el tiempo aprenderá a aceptar, y en la cual también se llevará muchas
sorpresas en aquellos a los que comparta el Evangelio, a lo largo de los años.
Termina Dios
Su obra salvadora en nosotros cuando hemos entendido todo lo que abarca Su
gracia y no podemos más que alabarle por Jesucristo. Me gustaría concluir con
una lista de atributos que oí a un magnífico predicador, que ya partió con el
Señor, llamado S.M. Lockridge en un sermón llamado That's My King, Ese es
mi Rey:
¿Quiéres conocer a mi Rey? La
Biblia dice, mi rey es el Rey de los Judíos, es Rey de Israel, es el Rey de
Justicia, el Rey de los Siglos, el Rey del Cielo, es el Rey de Gloria, es el Rey
de reyes, y es el Señor de señores, ¡Ese el mi Rey! Me pregunto ¿le conoces? Mi
Rey es un Rey Soberano. Ningún tipo de medida puede definir su amor sin límites,
Él es eternamente fuerte, Él es completamente sincero, Él es eternamente firme,
Él es inmortalmente lleno de gracia, Él es imperialmente poderoso, Él es
imparcialmente misericordioso ¿Le conoces? Él es el mayor fenómeno que ha
cruzado el horizonte de este mundo, Él es el Hijo de Dios, Él es el Salvador de
los pecadores, Él es la pieza central de la civilización, Él es sin igual, Él no
tiene precedente, Él es el más elevado concepto en literatura, Él es la más alta
personalidad en filosofía, Él es la doctrina fundamental de la verdadera
teología, Él es el único cualificado para ser un total y suficiente Salvador ¿me
pregunto si hoy le conoces? Él le da fuerzas al débil, Él está disponible para
el tentado y afligido, Él se compadece y Él salva, Él fortalece y sostiene, Él
guarda y Él guía, Él sana a los enfermos, Él limpia a los leprosos, Él perdona a
los pecadores, Él perdona a los deudores, Él libera a los cautivos, Él defiende
al débil, Él bendice a los jóvenes, Él sirve a los desafortunados, Él considera
a los ancianos, Él recompensa a los diligentes, Él embellece a los mansos ¿me
pregunto si le conoces? Él es la llave para el conocimiento, Él es el manantial
de la sabiduría, Él es la puerta a la libertad, Él es el camino a la paz, Él es
la carretera a la justicia, Él es la autopista a la santidad, Él es la puerta a
la Gloria ¿Le conoces? Su vida es inigualable, Su bondad no tiene límites, Su
misericordia es eterna, Su amor nunca cambia, Su palabra basta, Su gracia es
suficiente, Su reinado es justo, y Su yugo es fácil, y Su carga es ligera ¡me
gustaría pode describírtelo…! Él es indescriptible, Él es inabarcable, Él es
invencible, Él es irresistible, no puedes sacarlo de tu mente, no puedes
soltarlo de tu mano, no puedes vivir más que Él, y no puedes vivir sin Él, los
fariseos no Le soportaban, pero descubrieron que no podían detenerle, Pilatos no
pudo encontrar ninguna falta en Él, Herodes no Le pudo matar, la muerte no pudo
con Él, y la tumba no Le pudo detener ¡Ese es mi Rey!
https://www.youtube.com/watch?v=T4P09o1M8As
El hombre que recibe
el don de la fe, recibe la gracia de Dios, cree en Jesucristo y su obra en la
cruz, cree que la Biblia es la Palabra de Dios y se sabe salvo del castigo del
infierno. El hombre que recibe la gracia divina repartida libremente
es una persona nueva, libre de la esclavitud del pecado y feliz de saber
que Dios le ama y está a su lado todos los días de su vida,
hasta el fin del mundo, y en la resurrección para el Reino de Dios por la
eternidad.
La despedida es del Texto de
Pablo a los Romanos, capítulo tres, 21 al 28, que incluye la justicia de Dios por la fe,
la expiación en la cruz, y la gracia de Su salvación:
Pero ahora, aparte de la ley, se ha
manifestado la justicia de Dios, testificada por la ley y por los profetas;
22la justicia de Dios por medio de la fe en
Jesucristo, para todos los que creen en él. Porque no hay diferencia,
23por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios,
24siendo justificados gratuitamente por su
gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús, 25a
quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en
su sangre, para manifestar su justicia, a causa de haber pasado por
alto, en su paciencia, los pecados pasados, 26con la mira de
manifestar en este tiempo su justicia, a fin de que él sea el justo, y el que
justifica al que es de la fe de Jesús. 27¿Dónde, pues, está la
jactancia? Queda excluida. ¿Por cuál ley? ¿Por la de las obras? No, sino por la
ley de la fe. 28Concluimos, pues, que el
hombre es justificado por fe sin las obras de la ley.
Amén.
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