EL AMOR EN LAS CARTAS DE JUAN – II

LA UNIDAD DE LOS APÓSTOLES EN LA SEMANA DE LA PASIÓN DE CRISTO, DESDE LA ENTRADA TRIUNFAL DEL DOMINGO DE RAMOS HASTA EL DOMINGO DE RESURRECCIÓN

© Carlos Padilla  Semana Santa Abril 2019 – Pascua 14 de Nisán 5779

El apóstol Juan, sin duda fue un privilegiado, uno de los tres de entre los doce, pero de entre los tres, él era una especie de hermano pequeño de Jesús, era el más joven y fue el elegido para cuidar de Su madre cuando se la encomendó estando en la Cruz. Ese mismo Juan que vivió las intimidades del Señor, el mismo que pudo vivir entre los doce apóstoles y madurar con ellos, pasar el día triunfal de la entrada de Jesucristo en Jerusalén, montado sobre el pollino de asna, sufrió en la Pasión el gran dolor de ver a Jesús ser escarnecido, maltratado y clavado en la cruz hasta la muerte, también fue el que llegó el primero a la tumba abierta en la resurrección, tras las mujeres, y fue el que experimentó el amor entre los primeros nacidos de nuevo y escribió sobre ello. Él es el maestro que ha heredado una nueva clase de amor que era el objetivo de Dios en nosotros desde el principio, el amor fraternal espiritual que emana de aquella cruz del Calvario y que solo se puede sentir y dar tras el nuevo nacimiento del Espíritu Santo por la fe. Este Domingo de Ramos recordamos aquella entrada triunfal, que es una antesala de la entrada triunfal que el Señor protagonizará el día de Su venida a establecer Su Reino. En la primera iba montado sobre un burrito (Juan 12:12), como solían hacer los reyes, pero en la segunda venida, la definitiva lo hará sobre las nubes del cielo con poder y gran gloria “…y todo ojo Le verá” Apocalipsis 1:7. Sea que mientras tanto nosotros, Su iglesia cumplamos un Mandamiento nuevo: “Que os améis unos a otros; como Yo os he amado, que también os améis unos a otros” Juan 13:34. Tras ver las dos primaras facetas del amor en la Biblia, ahora podemos profundizar en el amor que es ese nuevo Mandamiento clave para la vida espiritual del cristiano.

Habiendo visto en los dos apartados anteriores, de la Primera Parte, en base a la descripción del amor en la Biblia en todos sus aspectos, y habiendo visto, en el segundo, el amor de Dios en particular, ahora podremos apreciar el especial enfoque que Juan recibe de la revelación del Espíritu para estudiar las cartas, y cómo esa característica las une al Evangelio que lleva el mismo nombre, y que por lo tanto nos hace pensar que son del mismo autor. Es evidente que el amor que vemos en el Evangelio de Juan y el que vemos en las tres cartas son de la misma fuente divina, en su intensidad, recurrencia e intimidad para con Dios, intimidad entre Dios y Cristo, y entre el amor de Dios por nosotros. Si bien nuestro objetivo aquí no es demostrar que las cartas y el Evangelio son del mismo autor, es un punto relevante que enriquece nuestra exposición. El amor cristiano que presenta Juan en su primera carta es el fruto de la regeneración del Espíritu Santo, pero además la Plenitud del Espíritu muestra que el amor que se exige al discípulo de Cristo es, precisamente el amor de Dios, para poder amar al prójimo, requisito imprescindible para ser cristiano.

Si analizamos cada una de las tres cartas de Juan en referencia al amor cristiano, encontramos lo siguiente: 1 Juan se centra en la preocupación de Juan por la iglesia en cuanto a librarla de herejía, de falsos maestros y de conceptos anticristo. En ese sentido debemos resaltar cómo Juan es elegido para reflejar el amor de Dios por los salvos en insistir en que cumplan los mandamientos (2:28 – 3:10) en contra del perfeccionismo gnóstico, y no solo en que cumplan los mandamientos sino en el amor (3:11-24), que se amen los unos a los otros, en la lucha contra el antinominianismo, y añade su énfasis en que deben creer en la plena humanidad de Cristo frente al docetismo (4:7-21). De estas tres formas se guarda al creyente en la unidad con Dios por el amor que nos tiene, lo que nos lleva a las Palabras de Cristo cuando asegura que nadie nos arrebatará de Su mano (Juan 10:28). Tres ciclos de la primera carta tratan del amor cristiano de los unos por los otros. En (2:7-17) se enfoca a que ese amor es una evidencia de la nueva vida por el cambio del Espíritu Santo en el creyente, un amor que está dispuesto a esforzarse porque cree en Aquel que nos ha amado estando nosotros en nuestros pecados, y por lo tanto ¡cómo no amaremos al hermano! Es tanto un mandamiento antiguo como uno nuevo y futuro, incluso la base de la Ley que citaba el propio Jesús en Marcos 12:29-30 sobre (Dt. 6:4 y Lv. 19:19). Aunque éste amor a Dios a al prójimo es la base de la Ley, Jesús –nos  muestra Juan– nos ha traído a la cercanía del corazón del Padre, por lo tanto la vida en comunión, los unos con los otros, con nuestros hermanos en la fe, ha cambiado bajo el paradigma de Jesús que amaba a todos los hermanos, a cualquiera de los miembros de la comunidad, hasta comió con Su traidor. Juan llama a los lectores “queridos hijos” e “hijitos míos (1 Juan 2:1)”, un notable apego de amor paterno por el pueblo de Dios. El amor cristiano, continúa Juan, dice Blomberg[1] lleva a no amar al mundo caído con todos sus atractivos pasajeros (v. 15-17) y puntualiza que las tres tentaciones del versículo 16 nos recuerdan a las de Adán y Eva, y a las de Jesús en el desierto. Yo creo que el amor de las cartas de Juan es el espejo en el que debemos mirarnos los cristianos. De nuevo en el siguiente apartado en el que Juan vuelve a recapitular sobre el amor de los unos por los otros, en (1 Juan 3:11-24) para llevar al lector u oidor del mensaje al amor cristiano primigenio, separándolo de la situación que vivían en la igleisa contaminada por los herejes. Hoy tenemos la misma situación: el mundo nos odia mientras nosotros nos amamos, amamos a Dios, y les amamos a ellos, y no lo entienden. Luego Juan enfatiza sobre compartir nuestra posesiones en prueba del compañerismo santo en el verdadero amor con los verdaderos hermanos, sobre todo con los que tienen necesidad y con los misioneros. Aquí, el amor fraterno es otra base para aquellos que dudan sobre si son o no salvos, verán que el hecho de preocuparse por ello es la prueba misma de que lo son y de que el amor de Dios está en ellos. Esto, a su vez abre la puerta a la oración en confianza de que Dios nos ama y nos guía por el Espíritu a pedir conforme a la voluntad y el amor de Dios (5:14). El que ama a Dios obedece a Cristo, y el Espíritu Santo que vive en nosotros da testimonio de todas estas cosas, del amor de Dios en nosotros. La tercera y última parte de la recopilación del amor de Dios que hace Juan de los unos por los otros (4:7-21) pero ésta vez el énfasis se halla en que el amor de Dios en nosotros es el artífice que hace que podamos amarnos los unos a los otros, la fuente, el origen, la prueba de que el Espíritu habita en nosotros, un amor maravilloso. No es posible amar a Dios y odiar al prójimo, a los hermanos; es incompatible, lo cual en sí es otra prueba del verdadero amor de Dios. Como dice el versículo 7: “Amados, amémonos unos a otros; porque el amor es de Dios. Todo aquel que ama, es nacido de Dios, y conoce a Dios”. Y sigue el 8, 9 (parecido a Juan 3:16), pero para mi el 10 es la clave de todo: “En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó a nosotros y envío a Su Hijo en propiciación por nuestros pecados”. Y entonces concluye en que si Dios nos ha amado de esta forma, debemos también nosotros amarnos unos a otros. De nuevo vemos una unidad con Pablo en 1 Corintios 13. Aquí el apóstol Pablo está diciendo que si uno recibe de Dios dones espirituales para servir a la Iglesia lo debe hacer con amor, y si no lo hace con este tipo de amor fraternal del que aquí estamos hablando, de nada sirve porque los dones se acabarán, pero el amor es eterno. Pero la conclusión de esta carta es que el amor de Dios no es solo algo emocional, que lo es, sino que se fundamenta en la obediencia, y en ésto nos pide que lo hagamos a Sus mandamientos si es que Le amamos, comenta William MacDonald[2]. Finaliza esta carta añadiendo una nueva cualidad de este amor, y es que echa fuera el temor; el que teme a amar, aun tiene que ser perfeccionado en amar (17-18) el que cree y ama a Dios no teme a la muerte porque conoce que hay vida eterna y que va con Dios por la eternidad.

La segunda carta vuelve a emanar el amor fraternal desde su inicio hablando del amor de Juan por los hijos de una “señora elegida” que bien puede ser la Iglesia o una iglesia en particular, a la cual, dice, también aman todos los que han conocido la verdad, y pide que la gracia del Señor sea con ellos en verdad y amor. De nuevo en el versículo 6 pide que ella “la señora – iglesia” ande en amor y ese amor que es el mandamiento que es oído por todo discípulo desde el principio, y lo vuelve a vincular a la verdadera fe del cristianismo, en Jesucristo Dios-hombre para volver a denunciar a la enseñanza que el anticristo usa y que es precisamente contraria a Jesucristo. Instruye a apartarse de los que enseñan en esa herejía destructora. Cierra hablando de una hermana de la elegida, y que también puede ser otra iglesia. El amor que emana ésta carta, parte de Cristo pero vive en el corazón del creyente y debe fluir a los demás hermanos, lo cual es la prueba de la fe que salva, en relación a la “Regla de Oro” (Mateo 7:12).

La tercera carta de Juan comienza ya con el amor de la “Regla de Oro” en su primera exposición a Gayo, a quien dice que ama en la verdad, una forma preciosa de unir las dos cartas con la primera en la práctica. Y continua en el segundo versículo con la misma forma llamándolo amado, pues el regocijo de Juan es ver que Gayo anda en la verdad por el testimonio de otros hermanos, esa verdad de la segunda carta que está vinculada a vivir en amor fraternal, y en Gayo se demuestra por su hospitalidad para con los obreros itinerantes, los misioneros, a los cuales, no solo hospedaba sino que procuraba ayudar financieramente para la causa del Evangelio para que pudieran continuar su viaje. A éste tipo de amor fraterno, Charles Ryrie[3] lo vincula al propósito de Dios mismo como el fundamento básico para edificar Su Iglesia, pero ésto solo es posible para el cristiano que está seguro de su salvación (Juan 10:28). Del mismo modo Harrison[4] ve que la clave de las cartas con respecto a la prueba del amor cristiano es lo primero en la obediencia a los mandamientos, pero continúa en su comentario exponiendo que los cristianos tienen la obligación de amarse los unos a los otros. En este sentido podemos ver que a priori parece un frío mandamiento, una mera regla, pero la realidad es todo lo contrario. Si del corazón del cristiano no emana el verdadero amor que ama a Dios, no solo a Dios en Su bondad, sino cuando somos disciplinados y probados por Él, y que también ama a los hermanos porque ya ha madurado y ha dejado los rudimentos de la fe para caminar en la madurez cristiana. Si no emana ese amor, si no fluye, entonces hay que ponerse a orar fervientemente para quitar los obstáculos de la carne y el amor al mundo, o la Iglesia, y nuestra iglesia en particular no tendrán las coyunturas sólidas necesarias para ministerio que glorifica a nuestro Dios. Juan comienza la primera carta con el Verbo de vida, igual que en el Evangelio, sigue con el símil de Dios es luz, y advierte que si alguno dice estar en la luz y aborrece a su hermano, está todavía en tinieblas, no ama. La segunda vuelve a recordarles el amor y los mandamientos. La tercera da el ejemplo de ese amor en Gayo.

Conclusión

No es casual que tengamos dos Textos 3:16 en la obra de Juan que hablan del amor de Dios por el hombre, uno en el Evangelio de Juan y el otro en la primera carta de Juan: “En esto hemos conocido el amor, en que Él puso Su vida por nosotros; también nosotros debemos poner nuestras vidas por los hermanos.” (1 Juan 3:16). Juan enseña que de nuestro corazón emane ese amor de Dios desde nosotros a los hermanos como ha ido enseñando en las tres cartas, exhortando a amarnos unos a otros en verdad y en amor, y a cumplir los mandamientos, porque estas dos premisas son prueba de que se vive en la fe de Cristo-hombre que es la verdadera cristología, Jesús eterno se hizo hombre para morir en la cruz, vencer al pecado y a la muerte, y darnos vida eterna. Podemos concluir sin temor a equivocarnos que el amor que emana de las tres cartas de Juan es el amor de Dios desde nosotros a nuestro Dios y a nuestro prójimo, y que ese amor se ve en la manera de tratar a los hermanos, de hospedarlos, atenderlos, servirles, procurar en obras y oración que ellos encuentren a Cristo en nosotros, y así sea Dios glorificado ya que el Padre mismo nos ama. Cristo nos ha llevado a ese amor y el Espíritu Santo, que mora en nosotros está intercediendo cada día con gemidos indecibles, para que ese amor fraterno fluya desde este templo del alma que Dios ha construido en cada uno de nosotros ¡Aleluya! Si éste amor desde nosotros es enseñado a toda la Iglesia de forma que todos maduremos con las herramientas de la oración, del ayuno, pero sobre todo la convicción de que es el fundamento y el vínculo de la unidad, se hará posible que el Señor sea glorificado y que Su Iglesia sea reconocida, y quieran formar parte de ella hasta la venida del Señor en Su Reino. Cierro con el Gran Mandamiento: “Que os améis unos a otros como Yo os he amado” Juan 15:12,  “porque Dios es amor” 1 Juan 4:8b. ¡Amén!

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[1] Craig L. Blomberg. De Pentecostés a Patmos: Una introducción a los libros de Hechos a Apocalipsis. Biblioteca Teológica Vida. (Miami: Editorial Vida, 2012). 560.

[2] William MacDonald. Comentario Bíblico. Antiguo y Nuevo Testamento. (Barcelona, España. Clie, 2004), 811.

[3] Charles C. Ryrie. Teología Básica. Miami, FL: Editorial Unilit, 1993), 374 y 455.

[4] Everett F. Harrison. Introducción al Nuevo Testamento. (Grand Rapids: Subcomisión de Literatura Cristiana de la Iglesia Cristiana Reformada, 1987), 438.